A solas contigo.

Rayda Guzmán

Aprender a convivir con uno mismo es una tarea difícil, aunque suene descabellado y todo apunte a que el egoísmo y el narcisismo sean nuestros mejores aliados para ello. 

Pero, resulta paradójico ver cómo tanta gente huye de la soledad, tanto si es circunstancial como si es obligada. Ante la situación de intimidad con uno mismo (suena raro), la mayoría no sabe qué hacer.

En principio, se idealiza esta situación pues, se cree que esa soledad es sinónimo de libertad, hasta que  se constata  que  sólo  se  es  libre  si  existen unas condiciones que hagan de límite para las acciones, pensamientos o deseos. Frente al espejo soy libre, pero, ¿delante de quién?  La filosofía contemporánea tiene un concepto muy interesante como es el de la MIRADA, es la mirada del otro lo que me otorga la existencia, casi bien se podría decir que somos para el otro, es frente a los otros y los obstáculos que se puede mostrar la libertad de acción, la libertad de elección.

La soledad con nosotros mismos, es decir, la intimidad es un asunto muy serio. No todo el mundo soporta las cuestiones que somos capaces de plantearnos cuando el ruido del exterior se calla. No más conversaciones baladíes, no más peleas por un asiento en el metro o un carril en la autopista, no más música de fondo (por que estamos hartos de escuchar sin oír). El silencio se instala allí para ser escuchado…¿qué dice?

Entonces empieza el diálogo, las preguntas incómodas: ¿lo que no se sabe responder, porqué se tiene que preguntar?  Esa parece ser la pregunta más crucial. 

El problema es que no estamos acostumbrados a ese diálogo interno, no conocemos el lenguaje del sí mismo, no sabemos sus preguntas ni sus respuestas. En esta situación se experimenta ansiedad y se recurre a alguna solución rápida sea por la vía de las sustancias de cualquier tipo, por la de la curación (como si se tratara de una enfermedad), o por la de la fe (como si eso fuera un castigo de Dios)  pero, a casi nadie se le ocurre preguntarse sobre cómo recuperar un hábito perdido: ¿cómo puedo aprender a escucharme sin miedo?

La filosofía puede.