Cosas de Fe

A ningún lector de la Biblia se le escapa el capítulo 22 del Génesis en el que Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo. Es el Dios del Antiguo Testamento que exige una fe ciega. Abraham es premiado porque no dudó en obedecer, pese a que esa obediencia le haría perder lo que más quería, a su hijo.

Ante ese relato, nosotros desde nuestro presente nos preguntamos cómo es posible pasar tres días con un niño que es tu hijo, y cuya inocencia no le hace sospechar de su asesino. Desde la filosofía, Kierkegaard se hace esa misma pregunta y va más allá: ¿qué pensaba Abraham y cuáles eran sus opciones?

Si cuestionaba a Dios, su fe no sería sincera. Si lo obedecía ciegamente, tampoco, porque ignoraba su deber como padre, que también era obra de Dios. Si abrigaba la esperanza de la intervención divina en un último momento, entonces su fe estaba condicionada por su propia conveniencia. No hay manera de resolver esta paradoja, pese a que Kiekegaard lo intenta.

En el mundo humano la fe tiene formas caprichosas e incomprensibles, es paradójica por definición. ¿Qué es una persona de fe? Fuera del ámbito de la religión el asunto se hace difícil, la religión brinda un espacio muy acotado: el dogma se acepta por fe, no hacerlo es ir contra el dogma.

No obstante, cotidianamente hablamos de fe en otro sentido. Necesitamos creer aunque ello nos lleve al centro de la paradoja. Creer en nosotros mismos pese a las inseguridades que acarrean nuestras acciones. Creer en lo que hacemos, a pesar de que no siempre es satisfactorio. Creer en la vida aunque no siempre ésta valga un acto de fe.

La esencia de la Fe es la duda, por eso es tan humana. Sin ella, la vida humana pierde totalmente su sentido.