Vivir a tientas.

Rayda Guzmán

La búsqueda de la felicidad o de la serenidad es cosa que atañe a la humanidad desde el mismo instante en que, cansada de aguantar las inclemencias de la naturaleza, buscó refugio en una cueva. Allí pudo, finalmente, guardar animales, el fuego, los granos  y todos los  rudimentos que le proporcionarían una existencia un poco más cómoda o, por decirlo en un lenguaje que se pueda entender, más feliz.

La historia de esta humanidad tendrá que ver muchísimos más soles y lunas,  más fuegos y peleas, hambre y risas y, tantas otras cosas que pueblan la vida que enumerarlas sería inútil.

Es cosa nuestra transitar por esta vida como si algo nos faltara. Bombardeados por historias felices y caras sonrientes, envueltos por una fragilidad material que recuerda la menesterosidad, vamos vertiginosamente y sin perder un minuto a ninguna parte: luchamos por conseguir lo que queremos, pero no sabemos qué es. Nos seduce el éxito fácil, la recompensa inmediata, la vida perfecta pero, ¿cuál?

Es por efecto de la inmediatez que creemos que hay que ‘luchar’ por las cosas que queremos. Aquí nos fallan dos conceptos, pues no es lo mismo ‘querer’ que ‘merecer’. La respuesta a la pregunta: ¿qué me merezco? no es la misma a la de ¿qué quiero?  La primera apunta al apetito y la segunda al compromiso.

Por que lo que nos merecemos tiene que ver con un proyecto de vida sostenido por nuestros valores, nuestra identidad. Un proyecto con el que existe un compromiso, del que somos responsables, al que respetamos y por tanto amamos.

 Es por eso que se hace cada vez más necesaria la pregunta que repito con el autor de la cita: ¿si puedo vivir en sintonía con la vida, porqué he de luchar contra ella?

Este es el resultado de un enfoque filosófico: vivir las mismas circunstancias pero entenderlas de una manera más completa y más adaptada a la vida que hemos elegido vivir.